Las pequeñas cosas que hago por amor propio (y que realmente cambiaron mi vida después de los 40)

 


Hubo una época en la que estaba convencida de que el amor propio se compraba.

Pensaba que, si tenía la crema indicada, la ropa de moda, el maquillaje perfecto o el último producto del que hablaban todas las influencers, finalmente iba a sentirme bien conmigo misma. Cada compra venía acompañada de esa ilusión de "ahora sí". Pero la sensación duraba poco. Muy poco.

Porque el problema nunca estuvo en mi placard ni en mi neceser.

Con los años entendí algo que nadie me había explicado: el marketing sabe vender muy bien la idea de que quererse tiene precio. Nos hace creer que el amor propio vive dentro de una cartera nueva, de un tratamiento costoso o de un cuerpo perfecto. Y durante mucho tiempo yo también caí en esa trampa.

Hoy, con 43 años, puedo decir que el amor propio llegó a mi vida de una forma mucho más silenciosa. No apareció el día que compré algo especial para mí. Apareció cuando empecé a cambiar pequeñas cosas de mi rutina, de esas que nadie fotografía para Instagram pero que transforman la manera en la que una vive.

El primer cambio fue algo tan simple como dejar de empezar el día en automático.

Durante años abría los ojos y ya estaba corriendo detrás del reloj. Pensaba en el trabajo, en la casa, en las responsabilidades, en todo lo que tenía pendiente antes incluso de levantarme de la cama. Vivía reaccionando a la vida, nunca dirigiéndola.

Hasta que un día entendí que necesitaba empezar mis mañanas de otra manera.

No hablo de esas rutinas imposibles que vemos en Pinterest o en TikTok, donde parece que antes de las siete de la mañana ya meditaron, hicieron yoga, prepararon un desayuno digno de una revista, escribieron en su diario de gratitud y todavía les sobra tiempo para salir a correr.

Seamos sinceras.

La mayoría de las mujeres de nuestra edad trabajamos, cuidamos una casa, tenemos hijos, responsabilidades y un día que empieza a toda velocidad. Pretender copiar esas rutinas solo consigue que terminemos sintiéndonos insuficientes.

Mi rutina es mucho más sencilla.

Me levanto unos minutos antes. Me preparo un café con calma. Abro las ventanas para que entre la luz. Pienso qué quiero que pase ese día y cuáles son las dos o tres cosas realmente importantes que necesito hacer. No son veinte objetivos. Son apenas unos pocos.

Y ese pequeño gesto cambió completamente mi cabeza.

Porque dejé de sentir que el día me llevaba por delante y empecé a sentir que yo también tenía algo para decir sobre cómo quería vivirlo.

Después llegaron otros cambios igual de pequeños.

Empecé a arreglarme incluso los días en los que no tenía ningún evento importante. Dejé de guardar la ropa "linda" para una ocasión especial y entendí que el martes cualquiera también merece un vestido que me haga sentir bien.

Descubrí que peinarme con cariño, ponerme un poco de perfume o unos aros no era vanidad. Era recordarme que yo también importaba.

Muchas veces las mujeres terminamos cuidando a todo el mundo y olvidándonos de nosotras. Nos ocupamos de que todos estén bien mientras vamos postergando nuestro propio bienestar. Y un día nos miramos al espejo sin saber muy bien cuándo dejamos de tratarnos con cariño.

También aprendí a cuidar la manera en la que me hablo.

Parece un detalle menor, pero no lo es.

Durante años fui mi crítica más feroz. Siempre encontraba algo para reprocharme: el cuerpo, el pelo, las arrugas, los errores, el cansancio. Me hablaba con una dureza que jamás usaría con una amiga.

Hasta que un día me hice una pregunta incómoda.

Si una persona me hablara como yo me hablo a mí misma... ¿querría seguir cerca de ella?

La respuesta fue un no rotundo.

Desde entonces intento ser mi lugar seguro. No significa mentirme ni creer que todo está perfecto. Significa tratarme con el mismo respeto y la misma compasión que les doy a las personas que quiero.

Otro acto de amor propio fue poner límites, incluso conmigo misma.

Aprendí que no necesitaba pasar horas mirando redes sociales comparando mi vida con la de personas que solo muestran una pequeña parte de la suya. Empecé a regular el tiempo que paso frente al celular y a recuperar momentos que antes desaparecían haciendo scroll sin sentido.

Y, curiosamente, cuanto menos tiempo paso mirando la vida de los demás, más disfruto la mía.

También empecé a regalarme pequeños espacios de silencio.

No para ser productiva. No para aprender algo nuevo. Simplemente para estar conmigo.

Leer unas páginas de un libro. Sentarme en el patio con un mate. Escuchar música. Bordar. Escribir.

Esos momentos, que antes me parecían una pérdida de tiempo, hoy son los que más nutren mi cabeza y mi corazón.

Porque una mujer que nunca se escucha termina olvidando quién es.

Y finalmente entendí algo que me costó muchos años aceptar: mi cuerpo no es una máquina.

No está para exigirme hasta agotarme.

Está para acompañarme toda la vida.

Por eso hoy intento moverme todos los días, alimentarme un poco mejor, hacer ejercicio, descansar cuando estoy cansada y hacerme los controles médicos que antes postergaba.

Ya no lo hago para entrar en un talle determinado.

Lo hago porque quiero llegar a los próximos años con energía para seguir disfrutando de las personas que amo y de la vida que estoy construyendo.

Después de todo este tiempo descubrí que el amor propio no aparece de un día para el otro.

No llega con una compra.

No se encuentra en una crema milagrosa ni en una lista interminable de hábitos imposibles.

El amor propio se construye en esos pequeños gestos cotidianos donde, por primera vez, decidís no abandonarte.

Tal vez eso sea crecer.

Dejar de buscar afuera todo aquello que, en realidad, siempre estuvo esperando dentro de nosotras.

Y ahora quiero hacerte la misma pregunta que me hice a mí hace un tiempo.

¿Qué pequeño gesto podrías tener hoy con vos misma para empezar a construir ese amor propio que tanto merecés?


Gracias por estar aquí, te invito a seguirme en mis redes sociales 🌹









Comentarios

Entradas populares