Las pequeñas cosas que hago por amor propio (y que realmente cambiaron mi vida después de los 40)
Hubo una época en la que estaba convencida de que el amor propio se compraba. Pensaba que, si tenía la crema indicada, la ropa de moda, el maquillaje perfecto o el último producto del que hablaban todas las influencers, finalmente iba a sentirme bien conmigo misma. Cada compra venía acompañada de esa ilusión de "ahora sí". Pero la sensación duraba poco. Muy poco. Porque el problema nunca estuvo en mi placard ni en mi neceser. Con los años entendí algo que nadie me había explicado: el marketing sabe vender muy bien la idea de que quererse tiene precio. Nos hace creer que el amor propio vive dentro de una cartera nueva, de un tratamiento costoso o de un cuerpo perfecto. Y durante mucho tiempo yo también caí en esa trampa. Hoy, con 43 años, puedo decir que el amor propio llegó a mi vida de una forma mucho más silenciosa. No apareció el día que compré algo especial para mí. Apareció cuando empecé a cambiar pequeñas cosas de mi rutina, de esas que nadie fotografía para Instagram...



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