Perimenopausia o estrés: la etapa de la que nadie nos habló (y que muchas estamos viviendo en silencio)
Hay momentos en la vida en los que sentís que algo cambió, aunque no puedas ponerle nombre.
Te levantás cansada después de haber dormido. La piel ya no responde igual a las cremas de siempre. El pelo pierde brillo, aparecen olvidos que antes no existían y, de repente, llorás por cosas que hace unos meses ni siquiera te habrían conmovido.
Entonces empezás a buscar respuestas.
Quizás pensás que es el trabajo. El estrés. La cantidad de responsabilidades. La falta de vacaciones. Dormís un poco más, intentás bajar un cambio, tomás vitaminas... pero nada termina de explicar lo que sentís.
Y lo peor de todo es que muchas veces, cuando finalmente te animás a consultar, salís del consultorio con una respuesta que duele más que los síntomas.
"Es normal."
"A todas las mujeres les pasa."
"Tenés que acostumbrarte."
Recuerdo perfectamente esa sensación. Salir del médico con más preguntas que respuestas. Sentir que mi cuerpo ya no era el mismo y que nadie parecía darle demasiada importancia.
Durante mucho tiempo creí que me estaba volviendo exagerada. Pensé que era estrés, que estaba trabajando demasiado o que simplemente me estaba haciendo mayor y debía resignarme.
Pero no.
Lo que estaba viviendo tenía un nombre.
Y ojalá alguien me lo hubiera explicado antes.
Cuando el cuerpo empieza a hablar
La perimenopausia suele comenzar varios años antes de la menopausia propiamente dicha. Algunas mujeres empiezan a notarla cerca de los 45 años, otras incluso antes. En mi caso comenzó alrededor de los 42.
Lo curioso es que casi nadie habla de ella.
Todos conocemos los famosos sofocos, pero existen muchos otros síntomas que llegan mucho antes y que pueden hacernos sentir completamente perdidas.
Lo más difícil no fueron los cambios físicos.
Fue sentir que había dejado de reconocerme.
Durante mucho tiempo fui una mujer muy activa. Trabajaba, estudiaba, hacía ejercicio, tenía proyectos y siempre encontraba energía para algo más.
De pronto esa mujer parecía haber desaparecido.
Y eso asusta.
La primera señal llegó a través de mi piel
Siempre fui cuidadosa con mi rutina de belleza, pero hubo un momento en el que ninguna crema parecía suficiente.
La piel comenzó a sentirse áspera, tirante y extremadamente seca. Lo mismo pasó con mi cabello.
Al principio pensé que era culpa del invierno, del sol o de algún producto nuevo.
Después descubrí que los cambios hormonales también afectan profundamente la piel.
Fue entonces cuando entendí que necesitaba cambiar mis hábitos.
Empecé a hidratarme mucho más, a beber más agua, a volver casi sagrada mi rutina de cuidado corporal y a darle importancia a algo que antes hacía por obligación.
Curiosamente, no era una cuestión de estética.
Era una forma de decirle a mi cuerpo: "Te estoy escuchando."
Y eso hizo toda la diferencia.
El día que empecé a olvidarme de las palabras
Hay un síntoma del que casi nadie habla y que fue, probablemente, el que más miedo me dio.
Las lagunas mentales.
Siempre fui una persona muy organizada. Recordaba fechas, nombres, tareas pendientes. Podía hacer varias cosas al mismo tiempo sin problemas.
Hasta que un día empecé a olvidar palabras muy simples.
Quería decir algo y mi cabeza quedaba completamente en blanco.
Había conversaciones enteras que luego no recordaba.
Contraseñas que conocía de memoria dejaban de existir por unos segundos.
Y esos segundos parecían eternos.
Confieso que llegué a pensar que algo grave estaba pasando.
Después descubrí que muchas mujeres atraviesan exactamente lo mismo durante la perimenopausia.
No era falta de inteligencia.
No era desinterés.
No me estaba volviendo loca.
Era mi cerebro adaptándose a una nueva etapa.
Desde entonces aprendí a usar agendas, recordatorios y notas en el celular sin sentir culpa.
Antes veía eso como un signo de debilidad.
Hoy lo veo como una herramienta para hacerme la vida más fácil.
Aprender a escuchar un cuerpo que ya no funciona igual
Otro cambio llegó con la digestión.
De repente todo me caía pesado.
Comía poco y sentía el estómago lleno durante horas.
Vivía inflamada.
Y cuanto más intentaba seguir todas esas recomendaciones que veía en redes sociales sobre hacer cinco o seis comidas al día, peor me sentía.
Hasta que decidí escuchar mi cuerpo en lugar de escuchar internet.
Descubrí que necesitaba comer de otra manera.
Más despacio.
Con menos cantidad.
Respetando los tiempos de digestión.
No porque exista una fórmula mágica, sino porque mi cuerpo estaba pidiendo otra cosa.
Y creo que eso resume bastante bien esta etapa.
La perimenopausia nos obliga a dejar de vivir en automático.
El cansancio que nadie entiende
Si hubo un síntoma que realmente me hizo sufrir fue el agotamiento.
No era sueño.
Era un cansancio profundo.
De esos que no se solucionan durmiendo una noche entera.
Había días en los que terminaba de trabajar y sentía que no podía hacer absolutamente nada más.
Yo, que siempre podía con todo.
Yo, que jamás me quedaba quieta.
De repente necesitaba descansar.
Y me costó muchísimo aceptarlo.
Porque durante años confundí mi valor con mi capacidad de producir.
Creía que descansar era perder el tiempo.
Hasta que entendí que mi cuerpo ya no estaba peleando contra mí.
Estaba intentando protegerme.
Y empecé a escucharlo.
Dormir más.
Cancelar algún compromiso.
Dejar cosas para otro día.
Aceptar que ya no podía hacerlo todo.
Lejos de hacerme sentir débil, eso me hizo sentir mucho más libre.
También cambian las emociones
Hay días en los que todo parece estar bien y, sin embargo, las lágrimas aparecen sin pedir permiso.
Otros días me invade una irritabilidad que ni yo misma entiendo.
Y también están esos momentos en los que simplemente necesito silencio.
Antes me culpaba por sentirme así.
Hoy intento respetarlo.
Cuando noto que necesito bajar el ritmo, me preparo un té, hago ejercicio, practico yoga o simplemente me quedo un rato sola.
No siempre logro controlar esos cambios de humor.
Pero aprendí a no pelearme con ellos.
Nadie nos prepara para este momento
Quizás eso sea lo que más duele.
Que hablamos muchísimo de la adolescencia.
Del embarazo.
Del posparto.
Pero casi nadie nos habla de lo que ocurre cuando llegamos a esta etapa de la vida.
Y, sin embargo, millones de mujeres la están atravesando al mismo tiempo.
Muchas creyendo que están exagerando.
Muchas sintiéndose culpables.
Muchas convencidas de que el problema son ellas.
No.
El problema es el silencio.
Esta etapa no es el final de nada
Durante mucho tiempo sentí que estaba perdiendo a la mujer que había sido.
Hoy pienso exactamente lo contrario.
No la estoy perdiendo.
La estoy redescubriendo.
Es verdad que mi cuerpo cambió.
Que necesito descansar más.
Que ya no puedo exigirme como antes.
Pero también aprendí a priorizar mejor mi energía.
A dejar de decir que sí a todo.
A cuidar mi alimentación.
A moverme porque me hace bien y no para castigar a mi cuerpo.
A respetar mis tiempos.
La perimenopausia me obligó a escucharme.
Y aunque no fue un camino fácil, también fue el comienzo de una etapa mucho más consciente.
Porque envejecer no significa dejar de vivir.
Significa aprender a vivir de otra manera.
Con más paciencia.
Con más compasión.
Y, sobre todo, con mucho más amor hacia una misma.
¿Y vos? ¿Hay algún síntoma que empezaste a notar y que nadie te había explicado?
Me encantaría leerte en los comentarios. A veces descubrir que no estamos solas ya es el primer paso para sentirnos mucho mejor.
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