Cómo EMPEZAR a Construir AMOR PROPIO a los 40 sin volverte LOCA
Si hay algo que aprendí después de los 40 es que el amor propio no aparece de un día para el otro.
No existe un momento mágico en el que te despertás una mañana, te mirás al espejo y decís: "Listo, ya me quiero completamente". O al menos a mí no me pasó así.
Durante mucho tiempo creí que el amor propio era una meta a la que había que llegar. Pensaba que cuando lograra cierta rutina, cierto peso, cierto nivel de organización o cierta versión ideal de mí misma, entonces me sentiría bien.
Pero la realidad fue otra.
Cada vez que buscaba información sobre amor propio terminaba encontrándome con listas interminables de hábitos, rutinas de mañana perfectas, agendas llenas de actividades y personas que parecían tener la vida completamente resuelta. Intenté seguir muchas de esas recomendaciones. Compré cuadernos, descargué aplicaciones, armé listas y planifiqué días enteros.
¿El resultado?
Terminé agotada.
Sentía que había transformado el amor propio en una obligación más dentro de una agenda que ya estaba bastante llena. Y cuando no lograba cumplir con todo, aparecía la frustración. En lugar de sentirme mejor, me sentía insuficiente.
Fue entonces cuando entendí algo importante: el amor propio no debería sentirse como una carrera.
No necesitamos transformar toda nuestra vida de golpe para empezar a querernos más. A veces basta con pequeñas decisiones cotidianas que, repetidas en el tiempo, cambian la forma en que nos relacionamos con nosotras mismas.
Uno de los primeros cambios que hice fue empezar a observar mi vida con más atención.
No hablo de hacer grandes análisis ni de llenar planillas. Hablo de detenerme unos minutos y preguntarme cómo estaba viviendo mis días. A qué hora me acostaba. A qué hora me levantaba. Cuánto tiempo dedicaba a cosas que me hacían bien y cuánto tiempo invertía simplemente sobreviviendo a las obligaciones.
Me di cuenta de que muchas veces quería cambiar hábitos sin siquiera saber cómo estaba organizada mi vida.
Y para cambiar algo primero hay que verlo.
También empecé a prestarle más atención a mi imagen, pero no desde la exigencia ni desde la búsqueda de perfección. Lo hice desde un lugar mucho más amable.
Revisé mi armario, separé la ropa que ya no representaba quién era hoy y empecé a usar esas prendas que me hacían sentir cómoda y bonita.
Incluso comencé a sacarme una foto antes de salir a trabajar.
Puede sonar superficial, pero no lo era.
Porque no se trataba de la ropa. Se trataba de mirarme. De reconocerme. De dejar de pasar por mi vida en piloto automático.
Muchas veces tenemos cosas hermosas guardadas para una ocasión especial, cuando en realidad la ocasión especial es hoy.
Otro cambio enorme tuvo que ver con la forma en la que me hablaba.
No nos damos cuenta de cuánto daño nos hacemos con nuestros propios pensamientos. Podemos pasar años criticándonos por nuestro cuerpo, por nuestra edad, por nuestros errores o por todo aquello que creemos que nos falta.
Pero llega un momento en el que una se pregunta:
Si yo soy mi propia compañía para toda la vida, ¿por qué me hablo tan mal?
Aprender a tratarme con más compasión fue uno de los actos de amor propio más importantes que hice.
No porque de repente me pareciera perfecta, sino porque entendí que merecía respeto, incluso de mí misma.
También tuve que aprender algo que todavía sigo practicando: poner límites.
No solamente a los demás.
También a mí.
Porque muchas veces el problema no era lo que me exigían los otros, sino lo que me exigía yo misma.
Aprendí a limitar el tiempo que pasaba en redes sociales, a dejar de compararme constantemente y a entender que no necesito estar disponible para todo y para todos todo el tiempo.
Y quizás uno de los hábitos más valiosos que incorporé fue regalarme pequeños espacios de silencio.
Diez minutos.
Quince si tenía suerte.
Un rato para leer, tomar un té, escribir, caminar o simplemente estar conmigo.
Las mujeres solemos ocupar tantos roles durante el día que, muchas veces, nos olvidamos de quiénes somos cuando nadie nos necesita.
Por eso esos pequeños momentos importan tanto.
Porque nos permiten volver a encontrarnos.
Y finalmente entendí algo que parece obvio, pero que durante años ignoré: mi cuerpo no es una máquina.
Es el lugar donde voy a vivir el resto de mi vida.
Por eso empecé a prestarle más atención a mi salud, a mi alimentación, al movimiento, al descanso y a esos controles médicos que solemos postergar porque siempre hay algo más urgente.
Cuidar el cuerpo no es vanidad.
Es gratitud.
Hoy creo que el amor propio se parece mucho más a una construcción diaria que a una meta.
No ocurre en un instante.
No aparece después de leer un libro o escuchar un podcast.
Se construye lentamente, con pequeñas decisiones que repetimos todos los días.
Como un granito de arena que parece insignificante hasta que un día descubrís que construiste una playa entera.
Y vos, ¿qué pequeño hábito podrías incorporar hoy para empezar a construir una relación más amable con vos misma?
Te invito a mi Canal de Youtube haciendo click aquí
Amores Gabi 🌸



Comentarios
Publicar un comentario