CREÍ que tenía AMOR PROPIO
El amor propio no siempre se ve como creemos
Hay momentos en la vida en los que una se detiene, aunque sea por unos segundos, y se da cuenta de algo incómodo: quizás eso que llamábamos “amor propio” no era realmente querernos. Y no lo digo desde un lugar de juicio, sino desde ese despertar silencioso que muchas veces llega después de los 40, cuando empezamos a mirar nuestra vida con otros ojos.
Porque durante mucho tiempo yo también pensé que me estaba priorizando. Creía que comprarme skincare, ropa nueva o tomarme un café lindo mientras veía videos de “self care” era suficiente. Y sí, claro que está bien cuidarse, arreglarse y darse gustos. El problema aparece cuando descubrimos que, aun teniendo todas esas cosas, seguimos sintiéndonos vacías, agotadas o profundamente desconectadas de nosotras mismas.
Ahí entendí algo que me cambió por dentro: el amor propio no siempre se nota en lo que compramos. Muchas veces se nota en lo que dejamos de tolerar, en cómo nos hablamos, en cuánto respetamos nuestro cansancio o en la capacidad de decir “no” sin sentir culpa.
Durante años viví creyendo que descansar era perder el tiempo. Sentarme un rato en el patio con un té me hacía sentir irresponsable. Siempre había algo más importante para hacer: la casa, el trabajo, las obligaciones, los demás. Vivía corriendo de un lado al otro como si detenerme fuera un pecado. Y mientras más hacía, más cansada estaba. Un cansancio que no se arreglaba durmiendo una noche, porque era un agotamiento emocional. Estaba agotada de exigirme tanto.
Hasta que un día alguien me dijo algo que me quedó grabado: “¿Cómo los demás van a respetar tu cansancio si vos misma no lo respetás?”. Y fue como un golpe de realidad. Porque era verdad. Yo esperaba que el mundo entendiera que estaba agotada, pero seguía actuando como si pudiera con todo.
Ahí entendí que descansar también es amor propio.
No hace falta llegar al límite para darse permiso de parar. No hace falta enfermarse, quebrarse o explotar para entender que somos humanas. A veces el acto más revolucionario es simplemente acostarse un rato sin culpa.
También descubrí que no me quería tanto como pensaba cuando empecé a escuchar la forma en la que me hablaba a mí misma. Qué crueles podemos llegar a ser frente al espejo. Nos criticamos el cuerpo, el pelo, las arrugas, la ropa, la edad. Nos repetimos cosas que jamás le diríamos a alguien que amamos.
Y entonces me pregunté algo muy simple: si yo fuera mi mejor amiga, ¿me hablaría así?
La respuesta fue no.
Vivimos en un mundo que nos bombardea constantemente con imágenes perfectas. Redes sociales llenas de mujeres impecables, pieles lisas, casas ordenadas, vidas felices. Y aunque sabemos racionalmente que muchas veces son filtros, luces o apenas segundos cuidadosamente elegidos, algo dentro nuestro igual compara. Igual siente que no alcanza.
Pero el amor propio real empieza cuando dejamos de ser nuestro peor enemigo. Cuando aprendemos a mirarnos con más ternura y menos castigo. Cuando entendemos que el cuerpo cambia, que la vida deja marcas y que eso no nos hace menos valiosas.
Otra de las cosas que más me costó aceptar fue cuánto dependía de la validación de los demás. Qué difícil es dejar de esperar aplausos. Qué difícil es hacer algo solamente porque nos hace felices, sin necesitar que alguien nos diga “qué bien lo hiciste”.
Muchas veces hacemos cosas esperando que alguien las vea. Esperando reconocimiento, aprobación, cariño. Y cuando eso no llega, sentimos un vacío enorme. Como si nuestro valor dependiera de la mirada ajena.
Pero llega una edad en la que una se cansa de esperar.
Y cuando dejás de esperar validación, empezás a vivir con más libertad. Porque ya no necesitás gustarle a todo el mundo. Ya no necesitás explicar cada decisión. Empezás a actuar desde la coherencia con vos misma y no desde la necesidad de aprobación.
Y quizás una de las señales más fuertes de verdadero amor propio apareció cuando aprendí a estar sola conmigo sin querer escapar.
Esto puede sonar simple, pero no lo es.
Hay personas que no soportan el silencio. Que necesitan ruido constante, compañía constante, distracciones constantes. Porque quedarse a solas implica escucharse. Y escucharse a veces duele.
Yo descubrí otra versión de mí cuando empecé a disfrutar de mi propia compañía. Cuando podía quedarme sola leyendo un libro, cocinando algo rico o simplemente escuchando música sin sentirme vacía. Ahí entendí que una cosa es estar sola y otra muy distinta es sentirse sola.
Aprender a disfrutar de nuestra propia presencia cambia todo.
Y finalmente llegó el aprendizaje más difícil: aprender a decir no.
Cuántas veces decimos que sí cuando queremos decir que no. Cuántas veces vamos a lugares donde no queremos estar, aceptamos cosas que nos incomodan o sostenemos vínculos que nos lastiman solo para no decepcionar a otros.
Hasta que un día te das cuenta de algo doloroso: cada vez que te decís “no” a vos misma para decirle “sí” a todos los demás, te estás abandonando un poquito.
Decir no da miedo. Porque tememos que nos rechacen, que se enojen, que nos dejen de querer. Pero también es un acto enorme de respeto hacia una misma. El “no” correcto puede salvarte de muchísimo sufrimiento.
Y las personas que realmente te quieren aprenden a respetar esos límites.
Hoy creo que el amor propio no es una foto perfecta en Instagram. No es una crema cara ni una rutina impecable. El amor propio real es escucharte. Respetarte. Descansar cuando estás agotada. Dejar de hablarte mal. Dejar de mendigar validación. Aprender a estar con vos misma. Y animarte a decir que no cuando algo te hace daño.
A veces el verdadero amor propio empieza cuando dejamos de abandonarnos.
Y quizás hoy esta sea la pregunta más importante:
¿Te estás queriendo de verdad… o solamente estás sobreviviendo mientras intentás cumplir con todo para todos?
Si te gustaría saber más sobre AMOR PROPIO te invito a mi Canal de Yotube.
Amores Gabi🌸

.jpg)




Comentarios
Publicar un comentario